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Introducción
Es un hecho repetido en el campo de las adicciones que quien consulta a un servicio de salud o busca asesoramiento generalmente no es el propio consumidor. La gran mayoría de las personas bajo el efecto del consumo problemático no demandan atención de forma espontánea. Están, en muchos sentidos, enajenadas en su dinámica; es un Sujeto a quien su adicción no le hace síntoma en primera instancia. Al no registrar una conciencia plena de enfermedad —dado que la conducta adictiva opera inicialmente como una vía de satisfacción o anestesia—, no se pregunta por aquello que no funciona en él.
En estos escenarios, el adicto no pide algo, no espera nada y su palabra inicial se encuentra obturada: es el otro (la familia, la pareja, el entorno) quien viene a hablar por él. Clínicamente, podríamos decir que al principio «no hay paciente» en el sentido estricto de una demanda propia. Por eso, uno de los primeros objetivos terapéuticos y orientativos es lograr que el proceso genere un malestar subjetivo, un síntoma que habilite una verdadera demanda de cambio.
Ante la ausencia de esa demanda inicial, lo que sí aparece con fuerza es el pedido de ayuda de un grupo familia desorientado. Es esta consulta desesperada la que motoriza la búsqueda de contención. ¿De qué manera dejar de andar por caminos infructuosos? ¿Cuál es el rumbo a seguir? ¿Cuáles son los primeros pasos en este proceso?
Estas mismas preguntas se repiten cuando, eventualmente, la consulta proviene del propio sujeto afectado. En ese caso, llega un Sujeto cansado, desgastado por las frustraciones de no encontrar respuestas, agotado de transitar caminos sin hallar el horizonte y perdido en un mar de angustia. Es allí donde, desde Ceneadic, respondemos a este pedido de ayuda a través de tres pilares fundamentales: orientar, contener y psicoeducar.
La orientación y la información… ¿dónde está el Norte?
Para abordar esta problemática, es indispensable hacer foco en el valor de la información y en su reelaboración como una herramienta transformadora. La consulta que recibimos en nuestros espacios suele estar gobernada por la ansiedad y por la necesidad de un accionar que solucione el problema de forma instantánea y definitiva. El consultante, inundado por la desesperación, a menudo espera respuestas con soluciones mágicas (entendiendo el pensamiento mágico como un raciocinio causal, no científico y carente de fundamentación lógica).
Frente a este pedido fallido de un orden inmediato, nuestra tarea clínica y educativa consiste en recaudar la información que el consultante nos brinda para procesarla, ordenarla y establecer un plan de acción adecuado. En la escucha de cada familia se traduce la urgencia de un espacio donde ser asesorados y contenidos, un lugar que permita calmar la angustia ante la falta de una brújula que los guíe.
Si recurrimos a una definición clásica, desorientación significa literalmente «dificultad para encontrar el Norte». En el plano emocional y familiar, este vértigo es un estado temporario de confusión producido por la falta de parámetros claros que permitan ubicarse en tiempo, espacio y situación. Para contrarrestarlo, resulta fundamental organizar las ideas y armar un plan de acción, elementos de los que la adicción carece, ya que esta se caracteriza justamente por la ausencia de palabra, la puesta del cuerpo en puro acto y la desorganización conductual.
Si tomamos el accionar racional como un proceso compuesto por tres instancias esenciales:
Notamos que la consulta crítica pretende ubicarnos directamente en el tercer paso (la acción impulsiva). Nuestro trabajo en Ceneadic es reubicar al consultante en la primera instancia: la elaboración de ideas, deteniendo la marcha para dar curso a un proceso verdaderamente reflexivo. Y el puntapié inicial para este desarrollo lo constituye la información cualificada y la psicoeducación.
La información es un fenómeno que proporciona significado y sentido a las vivencias, organizando datos para construir conocimiento y permitir la resolución de problemas complejos. Nos permite elaborar ideas para tomar decisiones informadas y, finalmente, ejecutar una acción adecuada. El objetivo es que el consultante adquiera herramientas nuevas —o aprenda a utilizar las que ya posee— para iniciar un proceso de tratamiento donde participen activamente el profesional de la salud, la familia y el contexto social.
Acerca del tormento y el caos familiar
En la tarea de orientar nos enfrentamos a dos desafíos: brindar herramientas a quienes no las poseen y enseñar a usarlas a quienes sí cuentan con ellas pero lo desconocen debido al desborde emocional. La angustia en el entorno del adicto es atormentadora e impide la capacidad de pensar con claridad.
La adicción siempre implica una pérdida de control sobre los pensamientos, sentimientos y acciones, lo que arrastra consigo un conjunto de síntomas satélites: estados de ánimo negativos, irritabilidad, actitudes fuertemente defensivas, pérdida de la autoestima e intensos sentimientos de desolación. Bajo este impacto, los vínculos se deterioran, las redes sociales se destruyen y los miembros de la familia suelen dejar de actuar de forma funcional, recurriendo a veces a la misma dinámica elusiva como «solución» momentánea.
Al recibir consultas que nacen de la pura acción impulsiva, trabajamos para mediar el conflicto a través del pensamiento. Se trata de revertir el funcionamiento característico de la adicción (el actuar sin pensar) para alcanzar una visión global del problema, ordenando la información y procesándola hasta que las ideas maduren en decisiones firmes.
Conclusiones: Hacia un cambio subjetivo
Si la brújula es un instrumento que sirve para calcular direcciones, cabe preguntarnos: ¿hacia qué dirección apuntamos?
La demanda más común de las familias suele ser la solicitud de un lugar físico (un centro de internación o institución) con el anhelo de que el problema se resuelva mágicamente al ingresar. Sin embargo, la experiencia nos demuestra que lo primordial no es otorgar un espacio puramente físico, sino construir un espacio subjetivo y simbólico donde predomine la palabra por sobre la acción.
De lo que se trata es de abrir una hiancia, un intervalo o pausa donde pueda surgir la reflexión como límite a la impulsividad. Solo así se generan nuevas alternativas y un camino a seguir que, aunque complejo, se vuelve posible y ordenado.
Nuestra función no es meramente informativa; buscamos que el otro se apropie de las herramientas que le brindamos y que se produzca el cambio subjetivo necesario para reformular su realidad. Esto requiere reconocer la necesidad de cambio, utilizar la reflexión sobre las propias conductas y promover el insight (la toma de conciencia). A veces este proceso requiere tiempo y reiteradas aproximaciones, y es allí, en el acompañamiento y en la facilitación de esa transición profunda, donde radica el verdadero sentido de nuestra labor.

