Cuando una biblioteca habla de otra época

Hay casas que se alquilan para pasar un fin de semana y que parecen haber sido pensadas
para bajar un cambio. Juegos de mesa apilados en un estante, una salamandra, una parrilla
para prender fuego y cocinar, una mesa preparada para comer sin apuro y una biblioteca
armada con libros que representan la identidad de otras personas.

Habíamos llegado con una sola consigna: descansar. Pero descansar también implica
descubrir qué hacer con el tiempo cuando deja de estar ocupado por las actividades de
todos los días.
Mientras recorría con la mirada los estantes apareció un libro de título llamativo: “Pregúntale
a Alicia”. Una edición española, de fines de los años setenta. La tapa mostraba el rostro con
efecto fragmentado de una adolescente y un subtítulo que decía: “…Diario íntimo de una
joven drogada…”. Lo saqué de la biblioteca y empecé a explorar.

Hay objetos que parecen esperar el momento justo para volver a ser encontrados. No
porque conserven intacto su significado, sino porque el paso del tiempo les agrega nuevas
preguntas. Ese libro había sobrevivido varias décadas, varios lectores y lectoras y quién
sabe cuántas mudanzas para terminar en el estante de una casa donde, al menos por un fin
de semana, la invitación era justamente la contraria a la velocidad: detenerse.
Antes de leer una sola página me quedé mirando la contratapa.
No buscaba una reseña.
Buscaba la época, el año de publicación.
Con la lectura aparecieron expresiones que en el presente llaman la atención porque ya no
forman
parte de nuestro vocabulario cotidiano: “sociedad enferma”, “conductas
sociopáticas”, “falta de comunicación entre padres e hijos”. El consumo problemático de
sustancias era presentado como la imagen de un mundo que parecía desmoronarse. La
familia ocupaba el centro de la escena. La adolescencia aparecía como un territorio en
disputa.
Había padres. Había hijos. Había médicos y psiquiatras. Las madres permanecían fuera de
escena. Ese silencio también hablaba de una época.
Las palabras no eran un detalle editorial. Eran una forma de mirar el mundo.
Cerré el libro.
Volví al estante buscando otra cosa para hacer. Encontré un dominó, una generala y, al
fondo, una caja de rompecabezas. Lo abrimos para armarlo entre todas. Empezamos por
los bordes y luego a clasificar por colores. La imagen fué apareciendo en un clima de
concentración.

Sin darme cuenta, volví a pensar en el libro. Con los años aprendí que los objetos “hablan”
de sí mismos y de dinámicas que involucran a otras personas. Hablan de las relaciones
que los hicieron posibles. De las categorías con las que fueron nombrados. De las
preocupaciones de una época. Un libro nunca es solamente un libro.
La descripción «joven drogada» no era solamente describir a una persona partiendo de un
sesgo negativo. Era condensar una manera de entender la adolescencia, las instituciones y
sus abordajes, la familia, el riesgo latente y el paso del tiempo.
Quizás el hallazgo no haya sido el libro.
Quizás el verdadero hallazgo haya sido descubrir cuánto cambiaron las preguntas.
Durante buena parte del siglo pasado, la preocupación parecía concentrarse en la
sustancia. La escena era relativamente estable: un o una adolescente, sustancias, una
familia, un conflicto. Desde allí se construyeron campañas de prevención, discursos
médicos, intervenciones escolares y una enorme cantidad de relatos.

Hoy ese escenario ya no admite una única escena.
Las sustancias siguen estando ahí. Pero junto a ellas aparecen otras experiencias que
atraviesan la vida cotidiana de las adolescencias: las pantallas, los algoritmos, las apuestas
en línea, las formas de vinculación entre pares, la disponibilidad permanente, las exigencias
de rendimiento, la dificultad para tolerar la espera, los modos de habitar el tiempo y los
vínculos.


No porque unas experiencias hayan reemplazado a las otras. Sino porque cambió el
entramado en el que todas ellas adquieren sentido.
Y cuando cambia el escenario, también cambian las preguntas.
¿Qué lugar ocupan hoy los consumos en la vida cotidiana de las adolescencias?
¿Qué buscan los adolescentes cuando quieren pertenecer?
¿Qué experiencias ofrecen hoy las familias, las escuelas y las comunidades para alojar la
incertidumbre, el deseo o el malestar?
¿Alcanza con seguir preguntando por las sustancias cuando buena parte de la vida
transcurre en entornos diseñados para disputar nuestra atención?


Mientras terminábamos el rompecabezas pensé que esa imagen se parecía bastante a la
tarea de comprender las adolescencias. Ninguna pieza explica el conjunto. Pero ninguna
pieza puede descartarse. Las transformaciones culturales, las formas de crianza, la escuela,
los vínculos, las tecnologías, las desigualdades, las investigaciones sobre el desarrollo del
cerebro adolescente y las prácticas de consumo no compiten entre sí.
Se entrelazan.
Después de todo, eso hacen las épocas: cambian las palabras, cambian los problemas y
cambian las formas de mirar. Los objetos, en cambio, esperan. A veces durante décadas.
Hasta que una persona en una casa con sonido a marp vuelve a abrirlos.
Quizás ese sea también el punto de partida de este blog. No buscar respuestas definitivas,
sino detenernos en escenas, objetos, conversaciones y experiencias cotidianas para
preguntarnos qué nos dicen sobre las adolescencias de hoy.


En CENEADIC creemos que comprender las prácticas de consumo problemático exige
poner en diálogo la mirada etnográfica con los aportes de las neurociencias. Ninguna
alcanza por sí sola. La etnografía nos ayuda a comprender cómo se construyen los sentidos
en la vida cotidiana; las neurociencias permiten explorar cómo esas experiencias dejan
huellas en un cerebro que todavía está en desarrollo.


Entre ambas disciplinas aparece una pregunta que orientará este espacio: no solo qué
consumen los adolescentes, sino cómo viven, qué buscan, qué los vincula con otros y otras
y qué condiciones sociales, culturales y biológicas hacen posibles esas experiencias.
Quizás este blog nazca de ese mismo gesto: abrir preguntas, detenerse, escuchar y leer
más allá de todo.

Lic. Guadalupe Sierra
Licenciada en Antropología. Profesora de Ciencias Antropológicas — UBA.

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